sábado, 23 de noviembre de 2013

Ni puta idea .__.

El Aire la golpeaba levemente en la cara haciendo que un escalofrío recorriera cada parte de su cuerpo. El sol se asomaba a través de las montañas indicando que el nuevo día había empezado, indicando que era la hora de levantarse. La pequeña se levantó agarrando el sucio trapo que la servía para taparse por las noches, y la pequeña almohada formada de paja en la que cada noche apoyaba la cabeza.
Despertó a sus hermanos pequeños y como de costumbre les bañó con la poca agua que les quedaba, y les entregó unas migas de pan.
Su madre llevaba trabajando desde que el primer rayo de sol salió, y ella debía ocuparse de la casa, de sus hermanos y de la comida. Siempre la misma rutina: su madre trabajaba y ella cuidaba de lo poco que tenían y de las personas a las que quería .
Se calzó y junto a sus dos hermanos agarró unos cuantos cántaros de barro y empezaron a caminar, paso tras paso, con lentitud pero sin pausa, hasta que la pequeña aldea en la que vivían desapareció de su vista. Les esperaban 5 kilómetros de caminata hasta llegar a su destino, el lugar donde se encontraba el pozo de agua más cercano. Un nene de 4 años, otro de 6 y una chica de 7 andando solos, durante 10 km para, poder vivir, para poder beber un poco de agua.
Quemando su piel morena con cada uno de los rayos de sol y dejándose los pies en cada paso que daban por las piedras que pisaban. Pero aún así su rostro brillaba, su sonrisa resplandecía, sus ojos estaban vivos, y en su cara se percibía felicidad. Su vida era demasiado dura para tan solo unos niños, pero aún así ellos sonreían. Se pasaban las horas cantando, inventándose historias. Dejando volar su imaginación, así durante todo el camino, así durante todo el día, a cada hora y no se cansaban, tampoco se quejaban. Entre los 3 se protegían del peligro, se ayudaban en todo momento, se querían, y hacían lo posible por recompensarle a su madre todo el esfuerzo que ella hacía por sacarles adelante. Deberían estar en la escuela, pero ni siquiera sabían que ese lugar existía, y tampoco tenían los recursos necesarios para poder ir. Eran muy humildes, siempre lo habían sido y probablemente siempre lo serán, pero eso les daba igual. No sabían escribir, y hablar... hablaban muy malamente, lo poco que en aquella aldea les habían enseñado. Pero les valía para poder inventarse historias, les valía para poder jugar, para poder bailar ... para disfrutar de la vida. Era su vida, eran alegres, disfrutaban, eran felices, apenas tenían para comer, es verdad, pero aun así, no había día en que ellos no rieran. Ellos no habían elegido nacer donde habían nacido, pero les gustaba. Poco dinero, pocas cosas materiales, pero estaban llenos de amor y cariño.

Y así era cada uno de sus días, duros, bastante duros, pero ellos eran felices, y eso era lo que importaba. 

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