domingo, 29 de diciembre de 2013

'Coraje'

Bueno, esto es, prácticamente, uno de los muchos archivos que tenía guardado en el Word, los escribí hace un par de años atrás... a menudo subiré los demás.
(Son los escritos originales, es decir, lo único que mejoré y cambié fueron los errores ortográficos.)



"Diciembre, 25. “Coraje”

Las personas pasan por muchas fases a lo largo de su vida, seguramente la mejor de todas es la infancia, (donde aún no descubrimos como en realidad es la vida). Cuando somos pequeños creamos un propio mundo en nuestras mentes, pensamos que todo se basa en bromas, pero por desgracia tenemos que crecer algún día, y eso significa perder todo nuestro “mundo mágico” y cambiar toda nuestra rutina. Cuando tenía como 10 o 11 años de edad, quería crecer lo más pronto posible, para poder ser libre y salir por donde quiera, pensaba que mi vida sería la mejor y que conseguiría todo muy fácil, no sabía nada. Nadie puede decidir cómo será su futuro, a veces las cosas no suelen ser como pensamos que serían, nos dejamos llevar por ilusiones o por personas que pasan por nuestras vidas y luego, se van. Tenemos que aceptar que las historias felices se quedaron en los cuentos de hadas. Cuando miramos la vida con otros ojos, es cuando percibimos como todo ha cambiado, ya no es más como en nuestra infancia, ya no es como en los dibujos, ya no es más como en las películas, todo se quedó atrás, todo se perdió en recuerdos que ya no podemos olvidar. Pensamos que el tiempo es infinito cuando somos pequeños, pero la vida nos hace crecer y nos demuestra lo contrario, empieza la búsqueda por algo que no sabemos lo que es, y acabás cansada de las mismas cosas, te cansás de la vida y hasta de vos misma. Es preciso coraje para vivir, pero más que todo para crecer y empezar a aceptar que nuestro  mundo original ha cambiado, tal vez para mejor o para peor, todo depende de la persona. A veces creo que pienso más de lo que debería, yo solo quería poder dormir y soñar para siempre con los buenos recuerdos que tengo en mi mente."

'Fingir'

Bueno, esto es, prácticamente, uno de los muchos archivos que tenía guardado en el Word, los escribí hace un par de años atrás... a menudo subiré los demás.
(Son los escritos originales, es decir, lo único que mejoré y cambié fueron los errores ortográficos.)



" Diciembre, 23. "Fingir"

Estoy en mi casa, donde al fin puedo sacarme esta máscara, esta sonrisa, esta puta sonrisa falsa para poder ser yo, al menos por unas horas. Descubrí que no puedo salir sin mi máscara, algunos dicen que me veo bien, que soy feliz, y es ahí cuando sé que soy buena fingiendo, pero, ¿saben? Fingir tiene su lado malo, un jodido lado, agotador, cansador, y sumamente doloroso; me harta tener que hacer esto todos los días. Ni siempre use esta máscara, ni siempre fui así, no me gusta que la gente desconocida… o conocida vean mis sentimientos, entonces prefiero ocultarlo todo detrás de una simple sonrisa. Tengo ganas de cambiar de nombre, de provincia o de país, olvidar mi pasado, y empezar otra vez. Me siento perdida, y ya no sé qué hacer, las terapias y los medicamentos no ayudan en una mierda. Me siento un caso perdido. Creo que nunca voy a poder llenar ese vacío, ¿será una cosa que tendré para toda la vida? ¿Continuar y fingir hasta morir? En algún momento de mi vida, (algo que todavía no sé lo que es), se quebró, y fui completamente destrozada, de un modo que jamás entenderé, no volveré a ser la misma; soy una idiota, y este mundo me cansa, quiero irme ya. Creo que el ser humano es subjetivo y con una memoria selectiva, ¿saben? A decir verdad, supongo que solo soy una adolescente, (imbécil) más que está comenzando a dramatizar, y a perturbarse. "

lunes, 16 de diciembre de 2013

Frases de libros.

La belleza puede ser la gloria
o la ruina de una persona.
Depende de quién la lleve, 
de cómo la lleve, de cómo la utilice
o a quien se la regale. 

-Las chicas de alambre.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Las Virtudes de la Acción – Colaboradores (2° capítulo)

Hay personas que eligen siempre unos excelentes colaboradores y se rodean de amigos sinceros y generosos. A menudo también aciertan a elegir a su marido o su mujer. Otras, en cambio, eligen mal a los unos y a los otros. Así, se encuentran siempre con colaboradores perezosos y codiciosos, que les crean problemas en vez de resolverlos. Tienen amigos que le hacen interpretar papeles desagradables y de los que no se puede fiar. Contraen matrimonio con la persona menos adecuada. No es una cuestión de inteligencia pura y abstracta. Hay genios en el campo del arte y de la ciencia que en las relaciones humanas son una calamidad. Las personas que saben elegir poseen un tipo particular de inteligencia que podemos llamar social y emocional. Es una particular capacidad de observar a los seres humanos y de descartar con lucidez y seguridad a los que no convienen.
En varias ocasiones he escrito sobre la capacidad de percibir los sentimientos y las actitudes de los demás que todos tenemos. Se manifiesta en el hecho de que, a menudo, la primera impresión es la más acertada. Porque, cuando no sabemos nada de una persona, somos como una cámara fotográfica que registra objetivamente su comportamiento. Con el paso del tiempo en cambio, el otro tiene el tiempo de entender nuestros deseos, nuestros puntos débiles y procura que solo veamos lo que deseamos ver. Mientras que nosotros, con el trato, nos habituamos a sus defectos y encontramos la manera de disculparlos. La razón, lo sabemos, puede demostrar y justificar cualquier cosa. 
Las personas que saben elegir retienen las primeras impresiones y las recuerdas. Si el otro, durante el primer encuentro, es vacilante y pesimista, elogia el pasado y desprecia el presente, de ello deducen que no tiene iniciativa y solo pondrá obstáculos. Observan cómo se sienta, cómo come y cómo responde a las preguntas imprevistas.  En los siguientes encuentros son amables y contemporizadores, de manera que el otro abandone sus defensas para que ellos lo puedan observar de soslayo con la máxima atención. De esta manera acumulan conocimientos y verifican las impresiones recibidas. Por último, descartan sin escrúpulos a aquellos que no actúan de acuerdo con las propias exigencias, la propia manera de sentir, y solo se ocupan de los demás. 
Las personas propensas a la elección equivocada, por el contrario no se fían de la intuición. Escuchan aquello que el otro dice de sí mismo y se dejan conducir por él. Lo siguen mientras habla de su vida, de sus capacidades, realizaciones, proyectos y sufrimientos. Participan en sus problemas. Pero no se debe pensar que lo hacen solo porque son generosos. De costumbre, lo hacen porque quieren representar un buen papel. En vez de juzgar al otro objetivamente, quieren dejarle una impresión agradable de sí mismos, mostrar el propio poder y las propias virtudes. Así, acaban premiando a los más codiciosos, a aquellos que piden con más insistencia. 
También hay quien se equivoca porque precisa sentirse amado. Otros, en cambio, cometen errores porque quieren demostrarse a sí mismos que no tienen prejuicios. Cuando conocen a una persona agresiva, que los trata mal, les agrada demostrar que son comprensivos y tolerantes, y así, llevan a su casa a alguien violento. En resumen, podemos juzgar que en defecto común a todos aquellos que eligen mal es la vanidad, mientras que la virtud común a todos que saben elegir es la vigilancia. 

Las Virtudes de la Acción (1° capítulo)

 El coraje no es un acto aislado, un impulso momentáneo. Es una acción completa y compleja, que debe ser perseguida hasta su objetivo final. Los mayores esfuerzos no son los del inicio, sino los que se necesitan a continuación, para resistir a nuestras debilidades y a los obstáculos imprevistos que debemos afrontar con paciencia y sagacidad. El coraje no es solo la virtud del comienzo, sino de la prosecución, del acabamiento y de la clarividencia. 

La Fuerza de Animo – El Perdón (5° capitulo)

La civilización cristiana nos ha enseñado que debemos perdonar porque el perdón es superior a la venganza. Que no debemos hacer sufrir a nadie, ni siquiera a los peores delincuentes. Sin embargo, hay acciones que no me siento en condiciones de perdonar. Puedo comprenderlas o justificarlas históricamente. Puedo entender que aquellos que las cometían no se daban cuenta de la monstruosidad que estaban haciendo. Pero aún así no las puedo perdonar.
No puedo perdonar a los conquistadores asirios, que cortaban las manos y los pies a los habitantes de las ciudades conquistadas. No puedo perdonas a los comunistas rusos que, en sus procesos políticos, torturaban a los prisioneros para hacerles confesar delitos nunca cometidos. No puedo perdonas a los nazis que querían matar a todos los judíos y aniquilar a todo un pueblo.
No puedo perdonarlos por el mismo motivo por el que no puedo perdonarme a mí mismo. En efecto, hay acciones que no me perdono. Puedo encontrar explicaciones o justificaciones para mi comportamiento. Puedo decirme que no reparaba en que hacía daño. Puedo decirme que no tenía alternativa. Sin embargo, estos razonamientos no modifican la esencia moral de mi actuación. Por ejemplo, si he hecho sufrir a un inocente, soy culpable. Y así sigo teniendo el mismo sentimiento de culpabilidad y de remordimiento.
Muchos estiman que el remordimiento es malo, una experiencia neurótica. Y pienso, en cambio, que es una experiencia positiva y que constituye el corazón mismo de la conciencia moral. En efecto, cuando consumamos el mal, solemos pensar que tenemos razón. Sobre todo cuando nos mueve una pasión religiosa o política, o bien el amor. Solo después, con los remordimientos somos conscientes del mal.
Verga, ¡es tan fácil el mal! Basta dejarse llevar, sin límites, sin frenos, pensando que se está en lo justo.
Los militares, los jueces y los inquisidores siempre se han considerado por encima del remordimiento, porque están convencidos de que han cumplido con su deber, obedeciendo unas órdenes y aplicando la ley. ¿Saben? los peores crímenes de la historia se han cometido en nombre del deber, de la ley y de los ideales. Así han escapado a la llamada elemental de la conciencia moral que nos dice que no inflijamos daño a los demás. Me viene a la memoria aquel episodio de la película “La chaqueta metálica” de Kubrick, cuando la patrulla es diezmada por un francotirador. El comandante lo descubre en una casa incendiada y, finalmente, lo hiere. Entonces se percata de que el francotirador es una joven, que le suplica que la mate. Él siente piedad. Sin embargo, ella ha matado a sus amigos y él solo ha cumplido con su deber. 
EL REMORDIMIENTO ES LA VOZ DE LA MORAL MÁS AUTENTICA. NO ES SOLO UN SENTIMIENTO. ES UN SABER. EN EFECTO, NOS REVELA QUE, PARA VIVIR, ESTAMOS CONDENADOS A LA MALDAD. QUE LA EXISTENCIA ES TRÁGICA. PERO EL SER UN HECHO TRÁGICO NO QUITA AL MAL SU CARÁCTER DE MAL, Y NO NOS ABSUELVE MORALMENTE. 
Por eso algunas cosas no se pueden perdonar. Pero, si el mal es trágico, como la pena, también el castigo es solo una trágica necesidad, que debería ser reducida al mínimo y de la que nadie debería ni disfrutar, ni vanagloriarse. En las personas que reclaman venganza y que gritan “¡que muera!”, entreveo siempre el rostro del asesino al que condenan. Me dan tanto miedo como él. 

La Fuerza de Animo – Soledad (4° capitulo)

El proceso creativo está constituido por dos fases opuestas. Una de apertura, en la que dudamos de todo, lo absorbemos todo y lo asimilamos todo. Somos como una casa sin puertas ni ventanas en la que entra libremente el viento. En la segunda fase, en cambio, las puertas y ventanas están cerradas y debemos dar salida a una energía profunda que está dentro de nosotros.
El aprendizaje es apertura. Si queremos entender un nuevo país, no debemos quedarnos siempre en compañía de nuestros paisanos. No debemos criticar y rechazar todo aquello que es diferente y extraño, sino dejarnos penetrar, impregnar por la diferencia, incluso cuando la sentimos de manera casi ofensiva y dolorosa. Lo mismo sucede cuando empezamos a estudiar una lengua nueva. Es inútil buscar comparaciones con las palabras que ya conocemos o usar únicamente las expresiones más similares a las nuestras. Debemos abandonarnos totalmente, zambullirnos en la nueva lengua. En efecto, se habla de “full immersion”. Se trata de barrer el pasado para dejar espacio a lo nuevo. Incluso cuando comenzamos una nueva investigación científica debemos poner en duda todas nuestras teorías y nuestras convicciones interiores. Conviene partir del presupuesto de que hasta ahora nos hemos equivocado. Buscar no la confirmación de nuestras ideas, sino aquello que las contradice y desmiente.
Pero, cuando nuestra mente se dispone a crear algo nuevo, es un momento dado comienza a cerrarse. Se concentra en un problema, da vueltas a su alrededor de manera continua y obsesiva. Examinamos los fragmentos solo para descubrir el dibujo general y seleccionamos aquellos que encajan en el sitio justo, mientras que los otros los dejamos aparte. 
Hasta que llega el momento en que debemos cerrar las puertas exteriores para abrir las interiores que dan acceso a la misteriosa energía que tenemos dentro de nosotros. El mundo exterior ya nada puede ofrecernos. Tampoco los libros. También en la escuela, después del periodo de estudio sigue el del examen. El estudiante está solo. Es, para todos, el momento de la soledad, del retiro del mundo. Los novelistas, los músicos, los científicos y los filósofos se encierran en una habitación, o trabajan de noche cuando nadie les molesta. Otros buscan refugio en el campo, en un sitio solitario. Tienen horror a las polémicas, a los congresos, a las conversaciones frívolas y a las exhibiciones. 
Entonces, cuando hemos creado el silencio y el vacío, a nuestra mente se le revela el camino. Lo entrevemos, lo perdemos y lo volvemos a encontrar. Solo es preciso saber escuchar a la misteriosa voz interior que nos dice si es correcto el paso que hemos dado. En los antiguos esta impresión era tan fuerte que invocaban a la inspiración de un dios o de las musas. Pero también en nuestra época, incluso la persona más desencantada tiene la impresión de no ser ella la que busca, piensa y encuentra, sino que los pensamientos se piensan solo. Cree que aquello que consigue no lo ha construido ella, sino le ha sido desvelado como un don. El creador es el primer sorprendido con su hallazgo y su obra. 

La Fuerza de Animo – Saber Superar (3° capitulo)

Hay momentos en nuestra vida en los que nos percatamos de que no podemos alcanzar los objetivos que nos habíamos propuesto, que hemos sufrido una derrota sin remedio. Eso puede pasarle a un chico extremadamente dotado, que aspira a convertirse en científico y no logra terminar los estudios porque mueren sus padres y se ve obligado a trabajar para ganarse la vida. Él se percata con infinita amargura que esa pérdida es irreparable porque en la ciencia, como en la música o en el deporte, solo se entra de joven, en cambio más tarde no se tiene ninguna posibilidad. Al empresario, después de haber construido durante toda la vida una gran empresa, puede pasarle que es arrollado por una imprevista crisis político-económica y aplastado por la entrada en el mercado de una multinacional. Puede, en fin, sucederle a una mujer que lo ha invertido todo en el matrimonio, en la casa y en los hijos, que el marido se enamore de otra máa joven y la abandone. 
He citado estos tres ejemplos, pero podría haber aportado miles porque todos conocemos estas experiencias. Estamos frente a lo irreparable, al descalabro definitivo. No hay nada que hacer. Es inútil combatir, es inútil luchar. No solo sentimos dolor, sino un sentimiento de injusticia y de desconsuelo desgarradores. El futuro se vuelve vacío, tétrico y doloroso. El deseo de vivir, que está hecho de esperanza, se apaga. Nos hundimos en la depresión. Muchos piensan en el suicidio. Y algunos se matan de verdad. Como lo hacen muchas mujeres y muchos hombres después de la pérdida de su amor. Como sucede a veces con los adolescentes después de una frustración, que a nosotros nos parece leve, como una mala nota en la escuela o una decepción amorosa.  
¿Qué hacer cuando estamos frente a este descalabro total? ¿Qué podemos decir a quien lo experimenta? ¿Qué podemos decirnos a nosotros mismo el día en que debemos afrontarlo? ¿Cómo podemos encontrar esperanza cuando nuestra mente y nuestro corazón son aplastados por la desesperación? 
Cualquier descalabro, cualquier pérdida, nunca afecta la totalidad de nuestro ser. Se trata siempre solo de la derrota de un proyecto nuestro, de un amor, de un sueño o de una aspiración, pero, aunque no lo sepamos, somos siempre más que aquello que hemos elegido ser y amar. 
El chico desesperado por la mala nota, una vez superada la crisis, redescubre la alegría de vivir al besar a una chica. El empresario que ha perdido su empresa, descubre en sí mismo intereses y capacidades que había pasado por alto. Incluso en las catástrofes más graves, desde lo más profundo del ser herido viene la respuesta de salvación. Lo que cura no es el tiempo, sino la caída misma que nos libera. Es extraño y terrible. En el fondo del abismo nuestro yo se disuelve y, al disolverse, se libera de la fascinación de las cosas a las que estaba enroscado, que le parecían indispensables, esenciales. Nos percatamos de que podemos existir de otras maneras. Así, la nada se convierte en la puerta para el renacimiento. Alguien encuentra en ella a Dios, otro la serenidad del distanciamiento y otro una nueva vocación. Alguien, en fin, sencillamente se percata de que puede hacer el bien a los demás. 

La Fuerza de Animo – Responsabilidad (2° capitulo)

¿Qué quiere decir tener una posición de responsabilidad? 
Significa saber que los resultados, buenos o malo, los éxitos o los fracasos, cualquier cosa que ocurra, cualquier problema que surja, no pueden ser imputados a otros o a causas externas, sino solo a vos. Pensemos en el director técnico de un equipo de futbol. Si su equipo pierde, no puede justificarse atribuyendo la culpa de la derrota a la falta de disciplina de los jugadores, a la mala suerte, a las pésimas condiciones del terreno o árbitro. Lo que se espera de él es que sepa que hacer frente a cualquier eventualidad, incluso a la más desastrosa e imprevisible.
Todas las personas deben afrontar continuamente desafíos y riesgos. Se encuentran siempre ante la incertidumbre y el peligro. Nuestra responsabilidad, sin embargo, a menudo es limitada. Sobre todo cuando desarrollamos tareas rutinarias, en las que hay pocas novedades, poca invención. 
Cuando vamos a la escuela, somos responsables de las notas que nos ponen, pero no de lo que aprendemos, porque esto también depende de la pericia de los profesores, de las huelgas escolares y de nuestra salud. Sin embargo, cada uno de nosotros experimenta la ansiedad que deriva de la responsabilidad. Cuando debemos afrontar un examen o un certamen deportivo, cuando se nos confía una tarea difícil o cuando comenzamos un trabajo nuevo, nos cuesta dormir y nos despertamos temprano, obsesionados por un problema.
Pero la vida es siempre creación, innovación y riesgo. Para todos. Y por eso tenemos también responsabilidades globales. Quien quiere llevar adelante una empresa, aunque sea pequeña, debe hacerse cargo de todas las eventualidades. Debe afrontar lo desconocido, la incertidumbre, la ansiedad. Algunas personas no son capaces de ello y evitan la responsabilidad. Muchos directivos, cuando son promovidos a posiciones más altas, reaccionan con desconfianza. Comienzan a mirar con recelo a todas las iniciativas nuevas y cuando encuentran obstáculos se atrincheran detrás de los formalismos y la burocracia. De esta manera las organizaciones acaban burocratizándose para reducir la incertidumbre y el peligro.
Para afrontar la vida no basta con ser capaces, hábiles e inteligentes. También es preciso ser valerosos y tenaces, lograr controlar la propia ansiedad y la de los demás. Algunos lo consiguen bloqueando los propios sentimientos y pasiones. Permanecen fríos e imperturbables como jugadores de póquer. 
El optimismo ayuda a ver las posibilidades donde los demás no ven nada, a imaginar las soluciones positivas incluso en las crisis más graves. Transformar un obstáculo en una ventaja. 
El entusiasmo sirve para ponerse de acuerdo con los adversarios y transformarlos en aliados. Para resistir al desconsuelo y arrastrar a todos hacia la meta. 

La Fuerza de Animo (1° capítulo)

No confundamos el coraje con la temeridad, con el amor imprudente por el riesgo, con el impulso superficial. El coraje es una virtud moral y social. Provistos de esta virtud ejercitamos nuestras capacidades más elevadas en situaciones difíciles, angustiosas para nosotros y los demás. Conservando la mente lúcida y el corazón firme, afrontamos las adversidades con fuerza de ánimo y sentido de responsabilidad.

El Coraje – Resistir (6° capítulo)

El abatimiento es una tentación. La tentación de dejarse llevar, de ceder a la fatiga y al peligro, de rendirse. Pero vivir significa saber resistir al abatimiento provocado por las derrotas. Como en la competición deportiva, hasta el mejor equipo a veces pierde. Pero pobre de él si se abandona a la depresión generada por la derrota. QUIEN PIERDE DEBE UTILIZAR LA DERROTA PARA ENTENDER CÓMO REACCIONAR, PARA VARIAR EL ESQUEMA DE ACCIÓN, PARA CREAR, PARA ENCONTRAR OTROS CAMINOS, PARA INVENTAR NUEVAS ESTRETEGIAS. La competencia se funda del todo en este principio. El gran empresario, el gran general o los grandes líderes también cometen errores, también sufren derrotas, pero sacan provecho de ellos para aprender, y reaccionan haciendo innovaciones. 
Si nos rendimos perdemos la libertad. La rendición puede ser dulce, pero sus consecuencias son terribles. Porque la libertad es el valor más alto. Nunca se nos regala la libertad. Siempre es una conquista. No se compra con dinero. Solo se consigue con el entusiasmo, la tozudez, la pasión, la voluntad y la perseverancia. Basta un instante de debilidad para perderla definitivamente. 
¿Saben? Solo basta muy poco: un acto de coraje. 
La libertad se pierde también en las pequeñas cosas. Podemos pensar en el estudiante al que dan una mala nota en la universidad, de modo que se deprime y deja los estudios, cuando, en cambio, debería reaccionar, tratar de entender dónde están las dificultades y qué esperaba el profesor. Así, la próxima vez, obtendrá un diez. Se convertirá en un profesional respetado y en una persona libre. Quien no sabe soportar un reproche o una derrota está destinado a agachar la cabeza. No son los demás los que te hacen esclavo, eres tú que te vuelves esclavo. ¡Levántate y recupera el campeonato! Porque es en los momentos de derrota, en los que todo va mal, en los que nos sentimos engañados, en los que nos equivocamos, cuando se e la talla moral del individuo.
HAS PERDIDO. PUES BIEN, AHORA VUÉLVETE A LEVANTAR, REÚNE TUS PEDAZOS Y LA PRÓXIMA VEZ SERÁS TÚ QUIEN GANE. DEBES SER MÁS FUERTE QUE TU DESDICHA, MÁS FUERTE QUE LAS INJUSTICIAS.
¿Por qué tenemos entonces la tentación de abandonarnos, de ceder, de rendirnos? Porque rendirse es fácil, es casi un alivio, un descanso. Mientras que volver a levantarse requiere apretar los dientes, resistir al dolor, a la fatiga y a la desesperación. Requiere esfuerzo, coraje, un ánimo intrépido y una gran capacidad de esperanza. Quien se doblega, quien huye, se justifica antes sí mismo diciendo: “No sirve de nada que combata, que me afane, porque, al fin y al cabo, el mundo es injusto, están los fuertes y los débiles, y los fuertes ganan siempre, mientras que yo estoy condenado a la derrota”.
Sin embargo, eso no es cierto.  También los otros tienen sus dificultades. También los otros son presa de la duda y del desconsuelo. Solo que resisten, y por eso ganan. Las justificaciones de quien se rinde son solo una manera de enmascarar los temores que lo mantienen prisionero. Se rinde de inmediato quien es avaro con su ánimo y o lo quiere gastar o quien tiene una inteligencia perezosa que no quiere volver a ponerlo todo en discusión para afrontar con coraje lo nuevo.

El Coraje – El Entusiasmo (5° capítulo)

Existe un extraordinario recurso social e individual que habitualmente no tenemos en cuenta y que despilfarramos. Los griegos le tenían un gran respeto y lo consideraban una manifestación divina: el entusiasmo.
El entusiasmo es energía, empuje y fe. Es una fuerza de tracción que tiene hacia lo que está en lo alto, hacia lo que tiene valor. Una potencia que impele a ir más allá de sí mismo.
En la vida social, política y religiosa, hay momentos creativos en los cuales, en el transcurso de pocos meses o de pocos años, se crean nuevas formaciones sociales que luego persisten en el tiempo, y pueden tener una enorme influencia en la historia. Pensemos en el nacimiento del budismo, del cristianismo, del islam o de los partidos socialistas. Solo durante esos estados influidos se pueden edificar nuevas estructuras políticas o religiosas. La gente se comporta como una masa de metal incandescente. Echada en un molde asume esa forma y la conserva. Los grandes constructores de imperios y de partidos han sabido aprovechar este momento mágico. 
Lo mismo ocurre en nuestra vida individual. Hay periodos en los que nuestras capacidades se multiplican. Animados por una fuerza extraordinaria, los obstáculos o nos espantan, es más, nos refuerzan. Cuando estamos enamorados, cuando descubrimos una nueva fe política o religiosa somos capaces de romper con el pasado, de abandonar nuestras costumbres y nuestras mezquindades. Podemos fundirnos con el otro, o los otros, recomenzar desde el principio. Es en esos momentos cuando debemos construir. Porque luego, acabado el entusiasmo, volvemos a ser perezosos, puntillosos y prudentes.
El entusiasmo es una cualidad de los jóvenes porque son capaces de creer y de arriesgarse. Porque precisan un ideal y una fe. Los adultos, y aún más los ancianos, a menudo están decepcionados y amargados. Son pocos los que conservan la capacidad de renacer y renovarse. Por eso, con su potencial de energía creativa los jóvenes son un recurso de la sociedad. Retrasar tanto su ingreso en el mundo laboral significa una pérdida para todos. 
PERO EL ENTUSIASMO ES UN RECURSO INESTABLE. SI NO ES ASUMIDO Y CULTIVADO, SE DESVANECE. Y SON MUY POCOS AQUELLOS QUE SABEN MANTENERLO VIVO Y ALIMENTARLO. EN EFECTO, PARA CREAR O INCLUSO SOLO CONSERVAR EL ENTUSIASMO EN LOS DEMÁS, ES PRECISO POSEERLO. DEBEMOS CREER EN LO QUE HACEMOS, EN NUESTRA TAREA, EN NUESTRA TAREA. No se suscita entusiasmo calculando con el pesillo las ventajas y las desventajas. 
Hace falta tener una meta, una fe. Es preciso tener confianza en los seres humanos. Y también hace falta rigor moral. Algunas personas saben suscitar entusiasmo con instrumentos demagógicos, histriónicos, en una asamblea, en una convención. Pero, al final se traicionan si no son íntimamente sinceros, si no tienen una verdadera fuerza moral, si no son portadores de valores. Se rodean de cortesanos hipócritas y construyen sobre la arena. 
Por desgracia, en las escuelas, en las empresas y en las instituciones hay innumerables personas que no escatiman medios para apagar el entusiasmo y destruirlo. Personas que no tienen valores ni ideales, que solo trabajan por el sueldo, la ganancia o el prestigio. Estos sujetos también temen a los innovadores porque su empuje pone en crisis sus posiciones de poder. A menudo son tiránicos y quieren ser temidos por sus subordinados. Por eso hieren, humillan y mortifican a aquellos que son más vivaces, entusiastas y llenos de vida.
Luego están los cínicos y los funcionarios obtusos que ponen obstáculos por pereza. Por último, hay deshonestos y criminales que explotan a quien trabaja y crea algo.  ESTOS SON LOS DESTRUCTORES DE LA RIQUEZA HUMANA Y SOCIAL.

El Coraje – Avanzar y Retirarse (4° capítulo)

El coraje tiene dos rostros, el de avanzar y el de detenerse o de retirarse. En la vida de los individuos, de las empresas y de los pueblos, hay momentos particularmente favorables en los que se pueden hacer cosas extraordinarias. En esos momentos se puede forzar el destino, atreverse, lanzarse hacia adelante. Pero es preciso saber reconocer la ocasión, el momento propicio. Y para poder hacerlo es menester una inteligencia lúcida, saber descifrar las señales que nos llegan de la realidad, pero también requiere un esfuerzo por nuestra parte. Porque todos tendemos a pensar que las cosas continuarán del mismo modo, nos aferramos a los hábitos y tenemos miedo de arriesgarnos.
A menudo las señales que nos llegan de la realidad son intensas, pero nosotros no sabemos captarlas. En Italia, apenas terminada la guerra, la gente tenía ganas de vivir y de estar bien. Nos lo muestran películas como “Pan, amor y fantasía” o “Pobres pero guapos”. Pero los ideólogos, los intelectuales y los economistas no lo entendieron. Por ejemplo, pensaban que la motorización llegaría muy tarde y, como en otros países, con el automóvil. Por suerte hubo empresarios que sí entendieron las necesidades de la gente y su deseo de movilidad. Entonces crearon un medio de transporte completamente nuevo: la motocicleta. En poco tiempo toda Italia estaba motorizada. 
Pero si hace falta intuición y coraje para lanzarse hacia adelante cuando las circunstancias son favorables, también hace falta intuición y coraje para darse cuenta de que las circunstancias son adversas y de que ha llegado el momento de detenerse o de retirarse. 
El ejemplo más famoso es el de Napoleón. Al principio, los pueblos europeos, bajo la influencia de las ideas de la Revolución francesa, aspiraban a la libertad, al cambio. El joven general que derrotaba a las dinastías milenarias representaba, a sus ojos, la libertad y el futuro. Más tarde cambiaron las circunstancias. Napoleón aparece cada vez más como el emperador de los franceses, como el déspota que distribuye reinos entre sus parientes. El primero en revelarse fue el pueblo español. Pero Napoleón no entendía el significado de esta revuelta. Aún pensaba que podía doblegar al enemigo en una batalla campal, como lo había hecho siempre en el pasado, y empezó la expedición de Rusia. Esta vez, empeoró, en vez de dar batalla, el zar y Kutuzov se retiraron y no pidieron la paz.
¿Por qué Napoleón no entendió lo que estaba ocurriendo? ¿Porque no era inteligente? ¿Porque la acción de los otros era oscura? No, él era inteligente y los otros obraban de la manera más clara. Cayó víctima de un error que cometemos todos: no tenemos el coraje de admitir que las circunstancias han cambiado y que debemos modificar radicalmente el comportamiento.
Es más fácil aprovechar el viento favorable que darse cuenta de cuándo ha cambiado de dirección. Solemos pasar por alto el cambio del viento, porque en el fondo sabemos que habría que cambiar de estrategia. La persona que ha tenido un gran éxito suele empecinarse a aplicar el mismo esquema, segura de su buena estrella. Este es el motivo por el que hombres como Churchill y De Gaulle, que habían dirigido victoriosamente la guerra, perdieron las elecciones cuando llegó la paz. Margaret Thatcher, habituada a imponer siempre su voluntad, cayó porque se empecinaba en imponer unas medidas impopulares como la poll tax. 
Este es el motivo por el que a menudo es preciso cambiar de grupo directivo en las empresas, cuando cambia el mercado. El equipo dirigente, por más calificado y célebre que fuera, puede no percatarse de los peligros, ni de las oportunidades que entretanto han emergido. Es más fácil que repare en ellos alguien con menos experiencia, pero capaz de observar el mundo con ojos ingenuos y desencantados. 

El Coraje – La Batalla (3° capítulo)

En el poema indio Mahabharata, los primos Pandava crecen junto a los Kaurava hasta que Duriodana, el jefe de los Kauraba, comienza a perseguirlos. Así se llega a la guerra. Pero, cuando los ejércitos están alineados, el príncipe Arjuna vacila en dar inicios a la batalla. Piensa en todos aquellos que morirán, amigos y parientes. Lleno de horror, deja caer el arco y decide no combatir. Entonces el dios Krishna se le revela y lo empuja a lanzarse a la lucha. La negativa de Arjuna es la negativa de la conciencia moral inmediata, que tiene horror a la violencia. Pero la naturaleza es violenta. Para vivir estamos obligados a la lucha. El dios representa esta necesidad. El momento del enfrentamiento siempre tiene que surgir, en la vida individual y social. 
Existen larguísimos períodos en que las divergencias quedan allanadas a través de intercambios y compromisos. A veces el estado de conflicto crónico, como en los países donde conviven dos grupos étnicos, se mantiene bajo control, asignando a cada grupo unas cuotas fijas. Pero, tarde o temprano, llega siempre alguien que pretende un poder excesivo. Entonces se rebelan aquellos que buscaban compromisos. El campo se polariza. Todos están obligados a alinearse de un lado o de otro, porque no puede tomarse ninguna decisión sin que se establezca un nuevo límite y una nueva ley. Los ánimos piensan obsesivamente en el enfrentamiento decisivo, que decidirá quién será el vencedor y quién el vencido. 
No hay momento más dramático, no hay tensión más grande de la que precede a la batalla. Porque cada uno pone en juego sus recursos y sus esperanzas, a veces su vida. En pocas horas se decide el destino de un reino, de un pueblo. Con la batalla de Zama queda definitivamente destruida la grandeza de Cartago. Después de la batalla de Isso el imperio persa cae en manos de Alejandro. En Waterloo, Napoleón lo pierde todo. En un tiempo brevísimo se decide no solo el destino de los combatientes, sino también el de las generaciones futuras, de toda una civilización. 
También existen batallas sin el uso de ejércitos. Por ejemplo, en política. El sistema político puede permanecer en equilibrio durante mucho tiempo. Los periódicos y los telediarios nos dan cada día un obsesivo boletín de ataques, contraataques, acusaciones y escándalos que aparecen siempre a punto de provocar consecuencias irreparables. Por el contrario, no cambia nada, pues la relación de fuerzas es estable. Pero, cada tanto, este equilibrio se rompe de verdad. Entonces todos se alinean y se dan batalla. En Italia, ha sucedido con Manos Limpias. Su victoria ha significado el fin de la Primera Republica. 
El mismo proceso acaece también en una empresa, en una asociación o en un grupo directivo. Siempre hay un momento en que la tensión sube de manera paroxística. Gente que solía se afable se obstina y se vuelve intransigente como empujada por una fuerza invisible. Se forman dos grupos contrapuestos y compactos, decididos a aplastar a su adversario. Hay, en esta movilización, algo fatal. Son los días del odio. Entonces también nosotros nos sentimos tentados, como el príncipe Arjuna, a renunciar a combatir, por algún dios o algún demonio, de lanzarnos a la lucha. 

El Coraje - El asalto (2° capítulo)

Para conquistar una trinchera o los muros de una ciudad, siempre es menester el asalto. También en el campeonato de fútbol hay períodos de preparación, de pruebas, a los que sigue el esfuerzo concentrado del partido.
Cada vez que hay un obstáculo, de cualquier naturaleza, debemos unir nuestras fuerzas y emplearlas todas juntas en un lugar y en un período determinado. Así desarrollamos, en ese momento, una enorme energía y transmitimos esa presión de potencial al otro. 
Para superar un examen no basta con haber estudiado. También es menester presentarnos a la cita seguros de poder convencer a nuestro examinador de que dominamos  el tema.
Todas las cosas importantes de nuestra vida acaecen así, por “campañas” y “ofensivas”. No solo los exámenes y las oposiciones. Ocurre lo mismo con el trabajo. Hemos comenzado con entusiasmo una nueva actividad. Luego, esta, poco a poco, se hace rutinaria. Nos sentimos desaprovechados, inútiles. Entonces comenzamos a mirar a nuestro alrededor en busca de algo nuevo hasta que, un día, se presenta la ocasión. La aferramos, nos lanzamos a la nueva actividad con todas nuestras fuerzas. Y entonces volvemos a sentirnos vivos y creativos. Por fin podemos demostrar nuestras capacidades. Al recomenzar, nuestras energías se multiplican. 
Hay personas que son más capaces que otras de despertar dentro de sí estas energías extraordinarias. Son los grandes empresarios, los creadores y los constructores, aquellos que hacen cosas importantes en todos los sectores en los que se aplican. Ya se trate de crear una empresa, de construir un hospital o una universidad, de organizar un partido político, de encontrar recursos para realizar una película o de escribir una gran novela. 
Cada vez enfrentan la tarea con ímpetu, con empuje, con una mirada fresca y nueva. Miran donde los demás no han mirado. Van de inmediato a lo esencial. No se dejan distraer por el pasado, por los detalles sin importancia. Debemos aprender de ellos como se afronta un desafío sin reservas. 
Es impresionante ver a estas personas manos a la obra. Desarrollan una energía cien, mil veces superior a la de las personas normales. Sus procesos mentales se vuelven fulminantes.
Donde antes todos encontraban impedimentos y dificultades descubren posibilidades y ocasiones. Son incansables y entusiastas. Comunican su confianza a los demás, los convencen, los involucran. Imprimen a todo un ritmo frenético y, sin embargo, esa cansa no se cansa.  Hacen centenares de llamadas telefónicas, mítines y encuentros. En poco tiempo, reúnen a personas y recursos antes separados o incluso hostiles. Obtienen financiaciones impensables. 
Otras veces inventan el modo de prescindir de ellas, para no pedir nada a nadie. Sus empresas son favorecidas por la fortuna. Al final todos se quedan asombrados de la facilidad con la que pueden hacerse las cosas. 
De vez en cuando, al verlos trabajando, no se entiende si son diabólicamente astutos o bien extremadamente ingenuos. Si son diplomáticos consumados, seductores habilísimos o almas sencillas. Quizá a ellos pueda aplicarse verdaderamente la palabra del Evangelio: “Sed cándidos como palomas y astutos como serpientes”. Están convencidos de que la fe mueve montañas. 
Para ellos no hay cosas imposibles, obstáculos insuperables o enemigos jurados. Con su fe convencen a los adversarios, los transforman en aliados. 
Luego, creada la obra, de costumbre dejan que los demás se ocupen de su administración ordinaria. 
Entran en una nueva fase de latencia. Arecen apartados del mundo, al que miran arrobados o ausentes. En realidad, se preparan para otro acto creativo, para otra ofensiva. 

El Coraje (1 capítulo)


El coraje tiene muchas formas y está constituido por numerosas cualidades  o virtudes. En la larga historia de la humanidad siempre ha estado ligado a la capacidad de arriesgar la vida y la fortuna en un desafío, en una batalla. Grandes imperios han sido conquistados o perdidos en un único enfrentamiento. Pero también en nuestra vida cotidiana, cuando no hay ninguna guerra, cada tanto debemos confrontarnos valerosamente con un obstáculo o con un adversario, afrontar una batalla.