miércoles, 4 de diciembre de 2013

La Fuerza de Animo – El Perdón (5° capitulo)

La civilización cristiana nos ha enseñado que debemos perdonar porque el perdón es superior a la venganza. Que no debemos hacer sufrir a nadie, ni siquiera a los peores delincuentes. Sin embargo, hay acciones que no me siento en condiciones de perdonar. Puedo comprenderlas o justificarlas históricamente. Puedo entender que aquellos que las cometían no se daban cuenta de la monstruosidad que estaban haciendo. Pero aún así no las puedo perdonar.
No puedo perdonar a los conquistadores asirios, que cortaban las manos y los pies a los habitantes de las ciudades conquistadas. No puedo perdonas a los comunistas rusos que, en sus procesos políticos, torturaban a los prisioneros para hacerles confesar delitos nunca cometidos. No puedo perdonas a los nazis que querían matar a todos los judíos y aniquilar a todo un pueblo.
No puedo perdonarlos por el mismo motivo por el que no puedo perdonarme a mí mismo. En efecto, hay acciones que no me perdono. Puedo encontrar explicaciones o justificaciones para mi comportamiento. Puedo decirme que no reparaba en que hacía daño. Puedo decirme que no tenía alternativa. Sin embargo, estos razonamientos no modifican la esencia moral de mi actuación. Por ejemplo, si he hecho sufrir a un inocente, soy culpable. Y así sigo teniendo el mismo sentimiento de culpabilidad y de remordimiento.
Muchos estiman que el remordimiento es malo, una experiencia neurótica. Y pienso, en cambio, que es una experiencia positiva y que constituye el corazón mismo de la conciencia moral. En efecto, cuando consumamos el mal, solemos pensar que tenemos razón. Sobre todo cuando nos mueve una pasión religiosa o política, o bien el amor. Solo después, con los remordimientos somos conscientes del mal.
Verga, ¡es tan fácil el mal! Basta dejarse llevar, sin límites, sin frenos, pensando que se está en lo justo.
Los militares, los jueces y los inquisidores siempre se han considerado por encima del remordimiento, porque están convencidos de que han cumplido con su deber, obedeciendo unas órdenes y aplicando la ley. ¿Saben? los peores crímenes de la historia se han cometido en nombre del deber, de la ley y de los ideales. Así han escapado a la llamada elemental de la conciencia moral que nos dice que no inflijamos daño a los demás. Me viene a la memoria aquel episodio de la película “La chaqueta metálica” de Kubrick, cuando la patrulla es diezmada por un francotirador. El comandante lo descubre en una casa incendiada y, finalmente, lo hiere. Entonces se percata de que el francotirador es una joven, que le suplica que la mate. Él siente piedad. Sin embargo, ella ha matado a sus amigos y él solo ha cumplido con su deber. 
EL REMORDIMIENTO ES LA VOZ DE LA MORAL MÁS AUTENTICA. NO ES SOLO UN SENTIMIENTO. ES UN SABER. EN EFECTO, NOS REVELA QUE, PARA VIVIR, ESTAMOS CONDENADOS A LA MALDAD. QUE LA EXISTENCIA ES TRÁGICA. PERO EL SER UN HECHO TRÁGICO NO QUITA AL MAL SU CARÁCTER DE MAL, Y NO NOS ABSUELVE MORALMENTE. 
Por eso algunas cosas no se pueden perdonar. Pero, si el mal es trágico, como la pena, también el castigo es solo una trágica necesidad, que debería ser reducida al mínimo y de la que nadie debería ni disfrutar, ni vanagloriarse. En las personas que reclaman venganza y que gritan “¡que muera!”, entreveo siempre el rostro del asesino al que condenan. Me dan tanto miedo como él. 

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