Existen larguísimos períodos en que las divergencias quedan allanadas a través de intercambios y compromisos. A veces el estado de conflicto crónico, como en los países donde conviven dos grupos étnicos, se mantiene bajo control, asignando a cada grupo unas cuotas fijas. Pero, tarde o temprano, llega siempre alguien que pretende un poder excesivo. Entonces se rebelan aquellos que buscaban compromisos. El campo se polariza. Todos están obligados a alinearse de un lado o de otro, porque no puede tomarse ninguna decisión sin que se establezca un nuevo límite y una nueva ley. Los ánimos piensan obsesivamente en el enfrentamiento decisivo, que decidirá quién será el vencedor y quién el vencido.
No hay momento más dramático, no hay tensión más grande de la que precede a la batalla. Porque cada uno pone en juego sus recursos y sus esperanzas, a veces su vida. En pocas horas se decide el destino de un reino, de un pueblo. Con la batalla de Zama queda definitivamente destruida la grandeza de Cartago. Después de la batalla de Isso el imperio persa cae en manos de Alejandro. En Waterloo, Napoleón lo pierde todo. En un tiempo brevísimo se decide no solo el destino de los combatientes, sino también el de las generaciones futuras, de toda una civilización.
También existen batallas sin el uso de ejércitos. Por ejemplo, en política. El sistema político puede permanecer en equilibrio durante mucho tiempo. Los periódicos y los telediarios nos dan cada día un obsesivo boletín de ataques, contraataques, acusaciones y escándalos que aparecen siempre a punto de provocar consecuencias irreparables. Por el contrario, no cambia nada, pues la relación de fuerzas es estable. Pero, cada tanto, este equilibrio se rompe de verdad. Entonces todos se alinean y se dan batalla. En Italia, ha sucedido con Manos Limpias. Su victoria ha significado el fin de la Primera Republica.
El mismo proceso acaece también en una empresa, en una asociación o en un grupo directivo. Siempre hay un momento en que la tensión sube de manera paroxística. Gente que solía se afable se obstina y se vuelve intransigente como empujada por una fuerza invisible. Se forman dos grupos contrapuestos y compactos, decididos a aplastar a su adversario. Hay, en esta movilización, algo fatal. Son los días del odio. Entonces también nosotros nos sentimos tentados, como el príncipe Arjuna, a renunciar a combatir, por algún dios o algún demonio, de lanzarnos a la lucha.
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