miércoles, 4 de diciembre de 2013

Las Virtudes de la Acción – Colaboradores (2° capítulo)

Hay personas que eligen siempre unos excelentes colaboradores y se rodean de amigos sinceros y generosos. A menudo también aciertan a elegir a su marido o su mujer. Otras, en cambio, eligen mal a los unos y a los otros. Así, se encuentran siempre con colaboradores perezosos y codiciosos, que les crean problemas en vez de resolverlos. Tienen amigos que le hacen interpretar papeles desagradables y de los que no se puede fiar. Contraen matrimonio con la persona menos adecuada. No es una cuestión de inteligencia pura y abstracta. Hay genios en el campo del arte y de la ciencia que en las relaciones humanas son una calamidad. Las personas que saben elegir poseen un tipo particular de inteligencia que podemos llamar social y emocional. Es una particular capacidad de observar a los seres humanos y de descartar con lucidez y seguridad a los que no convienen.
En varias ocasiones he escrito sobre la capacidad de percibir los sentimientos y las actitudes de los demás que todos tenemos. Se manifiesta en el hecho de que, a menudo, la primera impresión es la más acertada. Porque, cuando no sabemos nada de una persona, somos como una cámara fotográfica que registra objetivamente su comportamiento. Con el paso del tiempo en cambio, el otro tiene el tiempo de entender nuestros deseos, nuestros puntos débiles y procura que solo veamos lo que deseamos ver. Mientras que nosotros, con el trato, nos habituamos a sus defectos y encontramos la manera de disculparlos. La razón, lo sabemos, puede demostrar y justificar cualquier cosa. 
Las personas que saben elegir retienen las primeras impresiones y las recuerdas. Si el otro, durante el primer encuentro, es vacilante y pesimista, elogia el pasado y desprecia el presente, de ello deducen que no tiene iniciativa y solo pondrá obstáculos. Observan cómo se sienta, cómo come y cómo responde a las preguntas imprevistas.  En los siguientes encuentros son amables y contemporizadores, de manera que el otro abandone sus defensas para que ellos lo puedan observar de soslayo con la máxima atención. De esta manera acumulan conocimientos y verifican las impresiones recibidas. Por último, descartan sin escrúpulos a aquellos que no actúan de acuerdo con las propias exigencias, la propia manera de sentir, y solo se ocupan de los demás. 
Las personas propensas a la elección equivocada, por el contrario no se fían de la intuición. Escuchan aquello que el otro dice de sí mismo y se dejan conducir por él. Lo siguen mientras habla de su vida, de sus capacidades, realizaciones, proyectos y sufrimientos. Participan en sus problemas. Pero no se debe pensar que lo hacen solo porque son generosos. De costumbre, lo hacen porque quieren representar un buen papel. En vez de juzgar al otro objetivamente, quieren dejarle una impresión agradable de sí mismos, mostrar el propio poder y las propias virtudes. Así, acaban premiando a los más codiciosos, a aquellos que piden con más insistencia. 
También hay quien se equivoca porque precisa sentirse amado. Otros, en cambio, cometen errores porque quieren demostrarse a sí mismos que no tienen prejuicios. Cuando conocen a una persona agresiva, que los trata mal, les agrada demostrar que son comprensivos y tolerantes, y así, llevan a su casa a alguien violento. En resumen, podemos juzgar que en defecto común a todos aquellos que eligen mal es la vanidad, mientras que la virtud común a todos que saben elegir es la vigilancia. 

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