miércoles, 4 de diciembre de 2013

La Fuerza de Animo – Soledad (4° capitulo)

El proceso creativo está constituido por dos fases opuestas. Una de apertura, en la que dudamos de todo, lo absorbemos todo y lo asimilamos todo. Somos como una casa sin puertas ni ventanas en la que entra libremente el viento. En la segunda fase, en cambio, las puertas y ventanas están cerradas y debemos dar salida a una energía profunda que está dentro de nosotros.
El aprendizaje es apertura. Si queremos entender un nuevo país, no debemos quedarnos siempre en compañía de nuestros paisanos. No debemos criticar y rechazar todo aquello que es diferente y extraño, sino dejarnos penetrar, impregnar por la diferencia, incluso cuando la sentimos de manera casi ofensiva y dolorosa. Lo mismo sucede cuando empezamos a estudiar una lengua nueva. Es inútil buscar comparaciones con las palabras que ya conocemos o usar únicamente las expresiones más similares a las nuestras. Debemos abandonarnos totalmente, zambullirnos en la nueva lengua. En efecto, se habla de “full immersion”. Se trata de barrer el pasado para dejar espacio a lo nuevo. Incluso cuando comenzamos una nueva investigación científica debemos poner en duda todas nuestras teorías y nuestras convicciones interiores. Conviene partir del presupuesto de que hasta ahora nos hemos equivocado. Buscar no la confirmación de nuestras ideas, sino aquello que las contradice y desmiente.
Pero, cuando nuestra mente se dispone a crear algo nuevo, es un momento dado comienza a cerrarse. Se concentra en un problema, da vueltas a su alrededor de manera continua y obsesiva. Examinamos los fragmentos solo para descubrir el dibujo general y seleccionamos aquellos que encajan en el sitio justo, mientras que los otros los dejamos aparte. 
Hasta que llega el momento en que debemos cerrar las puertas exteriores para abrir las interiores que dan acceso a la misteriosa energía que tenemos dentro de nosotros. El mundo exterior ya nada puede ofrecernos. Tampoco los libros. También en la escuela, después del periodo de estudio sigue el del examen. El estudiante está solo. Es, para todos, el momento de la soledad, del retiro del mundo. Los novelistas, los músicos, los científicos y los filósofos se encierran en una habitación, o trabajan de noche cuando nadie les molesta. Otros buscan refugio en el campo, en un sitio solitario. Tienen horror a las polémicas, a los congresos, a las conversaciones frívolas y a las exhibiciones. 
Entonces, cuando hemos creado el silencio y el vacío, a nuestra mente se le revela el camino. Lo entrevemos, lo perdemos y lo volvemos a encontrar. Solo es preciso saber escuchar a la misteriosa voz interior que nos dice si es correcto el paso que hemos dado. En los antiguos esta impresión era tan fuerte que invocaban a la inspiración de un dios o de las musas. Pero también en nuestra época, incluso la persona más desencantada tiene la impresión de no ser ella la que busca, piensa y encuentra, sino que los pensamientos se piensan solo. Cree que aquello que consigue no lo ha construido ella, sino le ha sido desvelado como un don. El creador es el primer sorprendido con su hallazgo y su obra. 

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