miércoles, 4 de diciembre de 2013

El Coraje – Avanzar y Retirarse (4° capítulo)

El coraje tiene dos rostros, el de avanzar y el de detenerse o de retirarse. En la vida de los individuos, de las empresas y de los pueblos, hay momentos particularmente favorables en los que se pueden hacer cosas extraordinarias. En esos momentos se puede forzar el destino, atreverse, lanzarse hacia adelante. Pero es preciso saber reconocer la ocasión, el momento propicio. Y para poder hacerlo es menester una inteligencia lúcida, saber descifrar las señales que nos llegan de la realidad, pero también requiere un esfuerzo por nuestra parte. Porque todos tendemos a pensar que las cosas continuarán del mismo modo, nos aferramos a los hábitos y tenemos miedo de arriesgarnos.
A menudo las señales que nos llegan de la realidad son intensas, pero nosotros no sabemos captarlas. En Italia, apenas terminada la guerra, la gente tenía ganas de vivir y de estar bien. Nos lo muestran películas como “Pan, amor y fantasía” o “Pobres pero guapos”. Pero los ideólogos, los intelectuales y los economistas no lo entendieron. Por ejemplo, pensaban que la motorización llegaría muy tarde y, como en otros países, con el automóvil. Por suerte hubo empresarios que sí entendieron las necesidades de la gente y su deseo de movilidad. Entonces crearon un medio de transporte completamente nuevo: la motocicleta. En poco tiempo toda Italia estaba motorizada. 
Pero si hace falta intuición y coraje para lanzarse hacia adelante cuando las circunstancias son favorables, también hace falta intuición y coraje para darse cuenta de que las circunstancias son adversas y de que ha llegado el momento de detenerse o de retirarse. 
El ejemplo más famoso es el de Napoleón. Al principio, los pueblos europeos, bajo la influencia de las ideas de la Revolución francesa, aspiraban a la libertad, al cambio. El joven general que derrotaba a las dinastías milenarias representaba, a sus ojos, la libertad y el futuro. Más tarde cambiaron las circunstancias. Napoleón aparece cada vez más como el emperador de los franceses, como el déspota que distribuye reinos entre sus parientes. El primero en revelarse fue el pueblo español. Pero Napoleón no entendía el significado de esta revuelta. Aún pensaba que podía doblegar al enemigo en una batalla campal, como lo había hecho siempre en el pasado, y empezó la expedición de Rusia. Esta vez, empeoró, en vez de dar batalla, el zar y Kutuzov se retiraron y no pidieron la paz.
¿Por qué Napoleón no entendió lo que estaba ocurriendo? ¿Porque no era inteligente? ¿Porque la acción de los otros era oscura? No, él era inteligente y los otros obraban de la manera más clara. Cayó víctima de un error que cometemos todos: no tenemos el coraje de admitir que las circunstancias han cambiado y que debemos modificar radicalmente el comportamiento.
Es más fácil aprovechar el viento favorable que darse cuenta de cuándo ha cambiado de dirección. Solemos pasar por alto el cambio del viento, porque en el fondo sabemos que habría que cambiar de estrategia. La persona que ha tenido un gran éxito suele empecinarse a aplicar el mismo esquema, segura de su buena estrella. Este es el motivo por el que hombres como Churchill y De Gaulle, que habían dirigido victoriosamente la guerra, perdieron las elecciones cuando llegó la paz. Margaret Thatcher, habituada a imponer siempre su voluntad, cayó porque se empecinaba en imponer unas medidas impopulares como la poll tax. 
Este es el motivo por el que a menudo es preciso cambiar de grupo directivo en las empresas, cuando cambia el mercado. El equipo dirigente, por más calificado y célebre que fuera, puede no percatarse de los peligros, ni de las oportunidades que entretanto han emergido. Es más fácil que repare en ellos alguien con menos experiencia, pero capaz de observar el mundo con ojos ingenuos y desencantados. 

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