sábado, 23 de noviembre de 2013

Ficticia, pero en parte real.

Bien, esta es una pequeña parte sacada de un capítulo de un libro, no es la parte original, ya que edité, elimné y reemplacé algunas palabras.

Un día cualquiera en su vida, sin novedades, como cada mañana; su despertador sonó, y una mano blanquecina, con lentitud lo apagó. Era la señal de que un nuevo día empezaba, la señal que le indicaba que su infierno no había acabado, la señal que le indicaba que aún seguía vivo.
La misma rutina de siempre; levantarse, sobrevivir, y dormir. Salir de casa sonriéndole a sus padres, y al cerrar la puerta y salir a la calle quitarse esa mascara, y volver a ese rostro triste.
Caminar lentamente mientras dejaba que la música sonase, escuchando la melodía, prestando atención a esa letra que describía a la perfección lo que él sentía. Cada sentimiento, cada emoción tenía su determinada canción. Nadie, ni tan siquiera él mismo era capaz de explicar lo que sentía de la manera en que la música lo hacía. Era su vía de escape, su puerta a otro mundo donde todo era diferente, su billete al más allá. Su única compañía en los momentos más oscuros, la única que prometió no dejarle nunca y se mantuvo fiel, una de las pocas razones que le quedaban para creer en un nuevo futuro, un nuevo comienzo, una salida.
Cinco minutos, quizá diez eran los que separaban su casa del colegio, poco tiempo, pero lo suficiente como para " intentar" alegrar un poco su mañana.
Pero, pasado ese breve periodo de tiempo llegaba a su destino, un destino poco deseado, incluso temido: El instituto.
Nada más entrar por esa puerta ocurriría lo mismo de siempre. Las miradas se volverían hacia él, las risitas y comentarios por lo bajo aumentarían hasta llegar a formarse un gran murmullo, algún que otro empujón que le hiciera tambalearse, alguna que otra zancadilla que le hiciera caer, insultos lanzados desde los diferentes puntos de ese enorme pasillo que cada día tenia que cruzar para poder llegar a su clase, donde se sentaría solo en una de las mesas más arrinconadas.
Así era su día a día desde hacía ya... ya ni se acordaba del tiempo que llevaba así, y mucho menos de la razón o las razones que le habían conducido a ese punto.
Ya se había medio acostumbrado a ese dolor, a ese vacío, a ese sentimiento de culpa. Sus oídos ya se habían acostumbrado a recibir
 cada insulto como una manera de saludo, como el que recibe su cuerpo que se había habituado a los empujones y a cada uno de los moratones que lo adornaban. En resumen, él ya se había hecho la idea de que su vida sería así, al menos durante algunos años, la cantidad de años que le quedaban en ese lugar.
Había terminado creyendo que él era el culpable de todo. Al principio no quería creerlo, pero con el paso de los días, de las semanas, del tiempo... terminó pensando que todo lo que le pasaba se lo merecía por ser tan estúpido, por ser sin duda un raro. Todo lo que recibía, todo era porque él se lo había buscado.
El odio que sentía hacia él, hacia su forma de ser, hacia su cuerpo, hacia sus actitudes y pensamientos. Se odiaba como nadie más le odiaba.
¿Cómo había podido convertirse en ese monstruo?
Pensamientos y pensamientos que invadían su mente constantemente.
Al llegar a su casa volvía a cubrirse con esa máscara. A los ojos de sus padres, de sus hermanos, de su familia... no era más que un adolescente normal, feliz, como cualquier otro. Luego, subía a su habitación y se tiraba a la cama, intentando que la música sonara más alta que sus problemas. Algo difícil en su caso, pero al menos su situación mejoraba aunque fuera por tan solo unas horas.
Cerraba los ojos o se quedaba mirando al techo imaginándose su vida de otra manera. Se imaginaba a un chico de 11 años al que le gustaba vivir, salir, divertirse...Luego abría los ojos, se pellizcaba y se daba cuenta de que él nunca llegaría a ser feliz.
Con tan solo 11 años lo que más deseaba era morir, desaparecer para siempre.
No tenía mas que un par de amigos, la soledad y la música, aunque desde hacía ya unas semanas había empezado a juntarse con Ana, probablemente, algún día también llegará a conocer a su hermana.
Sus brazos, sus muñecas estaban llenos de pequeños cortes, no muy profundos, pero lo necesario como para experimentar un dolor "diferente", como para lograr sentirse vivo, como para lograr que su dolor físico fuera mayor que el dolor que sentía dentro de su corazón.
Y en eso se basaba su vida, en la supervivencia, en luchar por no caer del todo, en levantarse tras cada caída, en fingir para que no piensen que solo intenta "llamar la atención", en sufrir.
Podrá cambiar, su vida podrá mejorar, pero ese trauma creado por esa sociedad, por esos compañeros... nunca desaparecerá, esas heridas nunca lograrán cicatrizarse del todo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario